Un estudiante pobre aceptó un trabajo que nadie más quería: limpiar la vieja casa de una anciana solitaria que vivía escondida en un callejón estrecho. Pero al entrar, descubrió algo que lo heló hasta los huesos… La mujer apenas podía caminar, estaba enferma y vivía completamente sola. Lo que comenzó como un simple trabajo por unas monedas terminó cambiándole la vida. El joven no solo limpiaba la casa. También empezó a cocinar para ella, a ir al mercado bajo la lluvia y a acompañarla al hospital cuando el dolor la dejaba sin aliento. Muchos le decían que estaba perdiendo el tiempo ayudando a una desconocida. Pero él siguió adelante día tras día… Hasta que una mañana, al abrir la puerta de la casa, encontró algo sobre la mesa que le hizo temblar las manos… y en ese momento comprendió que aquella anciana nunca había sido una mujer cualquiera.

Hacía frío.

Mucho frío.

Se me llenaron los ojos de lágrimas y no pude contenerlas.

Aquella pequeña habitación, que tantas veces había visto llena del aroma de la sopa caliente y de conversaciones sencillas, ahora me parecía vacía y extraña.

Llamé a una ambulancia.

Minutos después llegaron los paramédicos y confirmaron lo que yo ya sabía.

Doña Carmen había fallecido durante la noche.

Un ataque al corazón.

Los vecinos comenzaron a reunirse en la puerta de la casa. Algunos murmuraban entre sí.

«Pobrecita… siempre estaba sola.»

«Ese chico fue el único que vino a verla.»

Una mujer mayor que estaba en el callejón se me acercó.

«Hijo… eras como de la familia para ella.»

Esas palabras me hicieron llorar aún más.

Yo solo era una estudiante que había ido a limpiar su casa.

Pero en algún momento… se había convertido en algo más.

Algo así como una abuela.

El funeral fue sencillo.

Muy sencillo.