Hacía frío.
Mucho frío.
Se me llenaron los ojos de lágrimas y no pude contenerlas.
Aquella pequeña habitación, que tantas veces había visto llena del aroma de la sopa caliente y de conversaciones sencillas, ahora me parecía vacía y extraña.
Llamé a una ambulancia.
Minutos después llegaron los paramédicos y confirmaron lo que yo ya sabía.
Doña Carmen había fallecido durante la noche.
Un ataque al corazón.
Los vecinos comenzaron a reunirse en la puerta de la casa. Algunos murmuraban entre sí.
«Pobrecita… siempre estaba sola.»
«Ese chico fue el único que vino a verla.»
Una mujer mayor que estaba en el callejón se me acercó.
«Hijo… eras como de la familia para ella.»
Esas palabras me hicieron llorar aún más.
Yo solo era una estudiante que había ido a limpiar su casa.
Pero en algún momento… se había convertido en algo más.
Algo así como una abuela.
El funeral fue sencillo.
Muy sencillo.