Doña Carmen era muy delgada, con el cabello completamente blanco y las manos temblorosas apoyadas en un bastón.
Su casa era una vivienda pequeña y antigua, llena de objetos de época: una radio que ya no funcionaba, algunas fotografías descoloridas colgadas en la pared y una cama de madera desgastada por el paso del tiempo.
Me contó que sufría de reumatismo e hipertensión, y que caminar le resultaba muy difícil, por lo que necesitaba que alguien limpiara la casa una vez por semana.
La tarea era sencilla: barrer, quitar el polvo y lavar algunos platos.
Me prometió pagarme 200 pesos por cada visita.
Para un estudiante como yo, esa cantidad de dinero era considerable.
En visitas posteriores, comencé a notar lo difícil que era su vida.
La nevera casi siempre estaba vacía: solo quedaban unos pocos huevos y un montón de verduras marchitas. Muchas veces su comida consistía únicamente en arroz con un poco de salsa.
Cuando le pregunté por qué vivía así, me dijo que sus hijos estaban lejos y que no quería molestarlos.
Sentí mucha pena por ella.
Así que, después de terminar la limpieza, empecé a quedarme un poco más para ir al mercado, comprar algo de carne o pescado y prepararle una comida decente.
A Doña Carmen le encantaba cuando yo cocinaba.
Sus ojos se iluminaban cada vez que probaba el caldo caliente que le preparaba.
A veces, cuando el dolor en sus articulaciones era demasiado intenso, la llevaba yo misma al hospital público y esperaba pacientemente a que le dieran la medicación.
Una vez, cuando salíamos del hospital, me tomó de la mano y me dijo con voz suave:
«Te pareces mucho a mi hijo menor… él también era un buen chico.»
Pero pasaron los meses…
y Doña Carmen nunca me pagó ni un solo peso.
Sin embargo, seguí ayudándola.
Hasta el día en que murió…
y dejó una carta que cambió mi vida para siempre.
El día en que murió Doña Carmen fue un día gris y tranquilo.
Esa mañana fui a su casa como de costumbre. Llevaba una bolsa con tortillas calientes, pollo y verduras para hacer caldo. La brisa marina soplaba con fuerza en el callejón, levantando polvo entre las paredes desgastadas de las casas.
Llamé a la puerta de madera.
« Doña Carmen… it’s me, Diego. »
Nadie respondió.
Pensé que tal vez estaba dormida. Empujé suavemente la puerta, que, como siempre, estaba sin llave.
La casa estaba demasiado silenciosa.
Un silencio extraño… pesado.
« Doña Carmen… »
Me dirigí lentamente hacia la pequeña habitación donde estaba su cama.
Y allí la vi.
Estaba tumbada, con las manos sobre el pecho. Su rostro reflejaba serenidad, como si estuviera profundamente dormida.
Pero algo en mi interior me dijo inmediatamente que se había ido.
Sentí que el mundo se detenía por un instante.
« Doña Carmen… »
Me acerqué y le tomé la mano.