Un estudiante pobre aceptó un trabajo limpiando la casa de una anciana que vivía sola en un callejón. Al ver que estaba enferma y apenas podía caminar, el joven no solo cumplió con su trabajo, sino que también le cocinaba, iba al mercado y la llevaba al hospital cada vez que se sentía mal.
Durante muchos meses, la anciana no le pagó el dinero que le había prometido. Pero antes de morir, le dejó una carta que lo dejó conmocionado.
Me llamo Diego, tengo 21 años y curso el tercer año de universidad en Guadalajara. Para pagar mis estudios y mis gastos diarios, acepto todo tipo de trabajos de medio tiempo: desde dar clases particulares hasta ayudar en una cafetería.
La primera vez que fui a su casa, me impresionó lo frágil que estaba.