Un estudiante pobre aceptó un trabajo que nadie más quería: limpiar la vieja casa de una anciana solitaria que vivía escondida en un callejón estrecho. Pero al entrar, descubrió algo que lo heló hasta los huesos… La mujer apenas podía caminar, estaba enferma y vivía completamente sola. Lo que comenzó como un simple trabajo por unas monedas terminó cambiándole la vida. El joven no solo limpiaba la casa. También empezó a cocinar para ella, a ir al mercado bajo la lluvia y a acompañarla al hospital cuando el dolor la dejaba sin aliento. Muchos le decían que estaba perdiendo el tiempo ayudando a una desconocida. Pero él siguió adelante día tras día… Hasta que una mañana, al abrir la puerta de la casa, encontró algo sobre la mesa que le hizo temblar las manos… y en ese momento comprendió que aquella anciana nunca había sido una mujer cualquiera.

En realidad, casi no había nadie allí.

Solo estábamos yo… y unos pocos vecinos que apenas la conocían.

Ninguno de sus hijos apareció.

Ni una sola llamada telefónica.

No es una corona.

Nada.

Cuando terminó el breve velatorio, el gerente de la funeraria se me acercó.

“¿Eres Diego?”

"Sí…"

“La señora te dejó esto.”

Me entregó un sobre blanco.

Era un sobre viejo, cuidadosamente doblado. En el anverso, con letra temblorosa, decía:

“Para Diego.”

Sentí un nudo en la garganta.

Abrí el sobre lentamente.

Dentro había una carta escrita a mano.

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