En realidad, casi no había nadie allí.
Solo estábamos yo… y unos pocos vecinos que apenas la conocían.
Ninguno de sus hijos apareció.
Ni una sola llamada telefónica.
No es una corona.
Nada.
Cuando terminó el breve velatorio, el gerente de la funeraria se me acercó.
“¿Eres Diego?”
"Sí…"
“La señora te dejó esto.”
Me entregó un sobre blanco.
Era un sobre viejo, cuidadosamente doblado. En el anverso, con letra temblorosa, decía:
“Para Diego.”
Sentí un nudo en la garganta.
Abrí el sobre lentamente.
Dentro había una carta escrita a mano.
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