Por costumbre, serví dos tazones.
Uno para mí.
Otra frente a la silla vacía.
—He terminado, Doña Carmen —dije en voz baja, con la garganta anudada—. Lo he conseguido.
Afuera, la tarde caía sobre Guadalajara, y el callejón seguía siendo igual de pequeño, igual de silencioso.
Pero yo ya no era el mismo joven que había venido por 200 pesos.
Porque a veces uno acepta un trabajo para ganar dinero…
y terminan descubriendo, sin darse cuenta, el último acto de amor y arrepentimiento de alguien que abandonaba este mundo.