“Hijo… no sé por qué Dios te puso en mi camino”, dijo con una voz tan débil que tuve que acercarme para oírla mejor, “pero cuando ya no pueda pagarte… por favor, no dejes de visitarme todavía”.
Esa frase se quedó conmigo.
Sonreí, tratando de aligerar su peso.
“No te preocupes, Doña Carmen. Concéntrate primero en recuperarte.”
Me apretó la mano con sus dedos fríos y huesudos.
"Prométemelo."
No sé por qué, pero lo prometí.
A partir de entonces, seguí yendo a su casa todas las semanas, a veces dos veces, aunque nunca me dio los 200 pesos que me había prometido.