Deslicé mi mano en la suya. "¿Juntos?"
Sonrió, una sonrisa pequeña, sincera y hermosa. "Juntos".
Y en ese instante, en una terraza bañada por una luz dorada, dos extraños obligados a casarse eligieron algo mucho más poderoso.
Se eligieron el uno al otro. No por obligación.
Pero fuera de la verdad. Fuera de la posibilidad.
A partir del sorprendente descubrimiento de que, a veces, las mayores mentiras conducen a los comienzos más honestos.