Los pasos se acercaban.
Entonces se detuvieron.
Justo encima de ellos.
El corazón de Lucía latía tan fuerte que temía que se pudiera oír desde fuera.
Una sombra cubría la entrada.
Alguien apartó suavemente las ramas.
Apareció un ojo.
Observando.
Lucía y Tomás permanecieron inmóviles.
El ojo parpadeó.
Luego desapareció.
Los pasos se fueron desvaneciendo lentamente.
No hablaron durante varios minutos.
—Nos encontraron… —susurró Tomás.
Lucía lo negó.
-No.
-Pero-
—Si nos hubieran encontrado, no se habrían marchado.
Eso no tranquilizó a ninguno de los dos.
Esa noche no durmieron.
Al día siguiente, lo reforzaron todo.
Más sucursales.
Más terreno.
Ten más cuidado.
—Tenemos que ser invisibles —dijo Lucía.
Thomas asintió.
Pero algo había cambiado.
El bosque ya no me parecía completamente seguro.
Transcurrieron algunos días sin incidentes.
Hasta que encontraron algo.
Tomás estaba revisando una de sus trampas cuando vio algo extraño en el suelo.
—Lucía, ven aquí.
Ella se acercó.
Había huellas en el suelo.
Humanidades.
Pero no es normal.
Eran más profundos de lo que deberían haber sido.
Como si quien los dejó… pesara demasiado.
—Esto no me gusta —dijo Thomas.
Lucía observaba en silencio.
Las huellas rodeaban la zona.
Como si alguien hubiera estado observando.
“Tenemos que prepararnos”, dijo finalmente.
-¿De modo que?
Lucía lo miró.
—Para lo que sea que haya ahí fuera.
Esa noche, el bosque estaba demasiado silencioso.
Sin viento.
No se admiten animales.
Sin vida.
Lucía no podía dormir.
Algo no estaba bien.
Y luego…
Un sonido.
Desde dentro.
Desde el refugio.
Ambos se quedaron paralizados.
—¿Oíste eso? —susurró Thomas.
Lucía asintió lentamente.
El sonido provenía de una de las paredes.
Un pequeño… rasguño.
Como si algo estuviera… excavando.
Desde el otro lado.
El corazón de Tomás comenzó a latir sin control.
—Lucía…
El arañazo se convirtió en un golpe.
Luego en otro.
La tierra tembló ligeramente.
—No… —murmuró Lucía.
Algo estaba intentando entrar.
Desde abajo.
No del bosque.
De la propia tierra.
El agujero, su refugio, su hogar…
No era tan seguro como pensaban.
El suelo se agrietó.
Apareció una mano.
Cubierta vegetal.
Pero no era normal.
Demasiado largo.
Demasiado delgada.
Thomas gritó.
Lucía lo agarró.
—¡Nos vamos ya!
Pero la salida estaba bloqueada.
Las ramas se mueven.
También había algo allí arriba.
Estaban atrapados.
La mano se movió.
Luego otro.
Y otra más.
Lo que surgió no era humano.
Pero tampoco completamente ajenos a la situación.
Y en ese momento, Lucía comprendió algo terrible:
No habían construido un refugio.
Habían cavado…
La entrada.
Algo que llevaba esperando mucho tiempo.
Y ahora…
Los había encontrado.