LOS DEJÓ CON LAS MANOS VACÍAS, ASÍ QUE CAVARON UN HOYO BAJO UN ÁRBOL CAÍDO Y LO CONVIRTIÓ EN SU HOGAR.

Una mañana gris, los dejó con las manos vacías, sin largas despedidas ni explicaciones que pudieran explicarse por sí solas. Solo una mochila ligera para cada uno, un par de billetes arrugados y una mirada que evitaba la de ellos.

“Es lo mejor”, dijo su padre, como si repetirlo pudiera convertirlo en realidad.

Lucía no respondió. A sus dieciséis años, había aprendido que algunas frases no buscaban consuelo, sino el silencio. Tomás, su hermano menor, de apenas trece años, tampoco dijo nada. Simplemente apretó los puños hasta que se le pusieron los nudillos blancos.

Cuando la puerta se cerró tras ellos, el mundo se volvió demasiado grande.

Y eran demasiado pequeños.

Caminaron sin rumbo fijo durante horas. La ciudad se desvaneció en la distancia, reemplazada por caminos de tierra, árboles dispersos y un cielo abierto que parecía observarlos con indiferencia.

—¿Adónde vamos? —preguntó finalmente Tomás.

 

Lucía miró a su alrededor. No tenía respuesta.

—Dónde podemos alojarnos.

Eso fue todo.

El sol comenzaba a ponerse cuando llegaron a un pequeño bosque. No era denso, pero sí lo suficiente como para aislarlos del mundo. El aire olía a tierra húmeda y hojas secas.

Tomás se dejó caer junto a un tronco caído.

-Estoy cansado.

Lucía se sentó a su lado. El silencio entre ellos ya no era incómodo. Era necesario.

—Vamos a pasar la noche aquí —dijo.

Tomás asintió sin discutir.

Pero esa noche, el frío les enseñó algo importante: no bastaba con sobrevivir al día. Tenían que pensar en el siguiente.

A la mañana siguiente, Lucía tomó una decisión.

—No podemos seguir mudándonos. Necesitamos un lugar.

Thomas miró el bosque.

-¿Aquí?

Lucía siguió su mirada. Fue entonces cuando lo vio.

Un árbol enorme, caído hace mucho tiempo. Sus raíces alzadas formaban una especie de muro natural. El tronco grueso y sólido creaba una barrera contra el viento.

-Allá.

Tomás frunció el ceño.

-¿Eso?

-Abajo.

La miró confundido.

—¿Quieres… cavar?

Lucía asintió.

-Sí.

Tomás soltó una risita incrédula.