En la inhóspita y brumosa región de los Apalaches, a finales del siglo XIX, el aislamiento era la norma. Para los habitantes de Milbrook Hollow, el terreno accidentado había forjado la autosuficiencia y fomentado una comunidad cohesionada, unida por la fe y la supervivencia mutua. Pero tras la serena fachada, envuelta en la niebla, de una remota granja, se gestaba una transformación siniestra que culminaría en uno de los crímenes familiares más perturbadores y ocultos de la historia estadounidense. Esta es la desgarradora historia documentada de Delilah McKenna, una respetada viuda cuyo retorcido sentido del deber divino la llevó a convertir a sus hijos en prisioneros y verdugos dentro de un inimaginable imperio de trata y explotación de personas.
La historia comienza en el fresco otoño de 1884. La primera helada apenas comenzaba a teñir las cumbres de los Apalaches con un brillo plateado cuando Delilah McKenna se encontraba junto a la tierra recién removida de la tumba de su esposo. A su alrededor estaban sus cinco hijos, de entre ocho y diecisiete años. Para la congregación reunida ese día, que cantaba himnos que resonaban solemnemente en la ladera de la montaña, Delilah era la personificación misma de la virtud cristiana. Era una esposa afligida y devota, ahora enfrentada a la monumental y aparentemente imposible tarea de criar a cinco hijos completamente sola en la inhóspita naturaleza.
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