Su rancho se extendía a lo largo de hectáreas de tierra árida, rodeado de montañas distantes que dibujaban siluetas irregulares contra un cielo inmenso e implacable.

El sol había endurecido su piel, dejándola oscura y bronceada como cuero viejo. Su cabello negro contrastaba con sus ojos verdes, herencia de algún antepasado europeo olvidado por el tiempo.
A los cuarenta años, Diego seguía siendo un enigma, incluso para sí mismo.