El multimillonario echó a la pobre sirvienta... sin saber que era su hija perdida hacía mucho tiempo.

En el árido norte, donde el viento del desierto susurra secretos que solo los solitarios pueden oír, vivía Diego Mendoza, un hombre envuelto en silencio y aislamiento. 

Su rancho se extendía a lo largo de hectáreas de tierra árida, rodeado de montañas distantes que dibujaban siluetas irregulares contra un cielo inmenso e implacable.

El sol había endurecido su piel, dejándola oscura y bronceada como cuero viejo. Su cabello negro contrastaba con sus ojos verdes, herencia de algún antepasado europeo olvidado por el tiempo.

A los cuarenta años, Diego seguía siendo un enigma, incluso para sí mismo.