Mientras que otros hombres ya tenían familias, hijos y casas llenas de voces, él había elegido —o creía haber elegido— la compañía del ganado, los caballos y el inmenso silencio del desierto.
Las mujeres del pequeño pueblo, a varias horas a caballo de distancia, lo observaban con curiosidad cuando iba a comprar provisiones, pero Diego mantenía las conversaciones breves, casi formales, como si temiera la cercanía.
Su rutina era tan predecible como la salida del sol. Se despertaba antes del amanecer, cuando las estrellas aún brillaban en el cielo violeta.
El aroma a café recién hecho llenaba la pequeña casa de adobe, mientras los caballos relinchaban afuera.
Sus días transcurrían reparando cercas, cuidando del ganado y manteniendo en funcionamiento la bomba de agua.
Por la noche, después de una cena solitaria, se sentaba en el porche a observar las luciérnagas danzar entre los cactus en flor.
A veces tocaba la vieja guitarra de su padre, dejando que melodías melancólicas se perdieran en la inmensidad.
La casa reflejaba su personalidad: sencilla, funcional, pero acogedora. Un crucifijo de madera tallado a mano colgaba sobre la chimenea, junto a una fotografía descolorida de sus padres.

Diego había aprendido a valerse por sí mismo por necesidad. Sabía coser heridas, reparar motores, cocinar platos sencillos y pronosticar el tiempo con admirable precisión.
Pero había algo que lo diferenciaba de los demás hombres del campo: su total inexperiencia en el amor. No por falta de oportunidades, sino por miedo.
Criado por una madre profundamente religiosa y marcado por su muerte prematura, Diego se había cerrado emocionalmente, enterrando sus deseos bajo años de duro trabajo.
Sus únicos compañeros constantes eran sus animales: tres caballos —Tormenta, Esperanza y Relámpago—, algunas vacas, unas cuantas cabras y un gallo orgulloso que lo despertaba fielmente cada mañana.
El día en que todo cambió comenzó como cualquier otro. Diego se despertó con el canto del gallo, se puso su camisa azul de trabajo y salió a revisar el ganado.
El aire de la mañana era fresco, pero algo se sentía diferente. En el horizonte, se acumulaban nubes densas con una intensidad inusual.
Durante el desayuno, la vieja radio de transistores anunció una violenta tormenta, con fuertes vientos y riesgo de granizo.
Sin perder tiempo, Diego aseguró el establo, puso a salvo a los animales más vulnerables y cerró cuidadosamente las ventanas de la casa.
Mientras trabajaba, recordó una superstición de su abuela: los cambios repentinos en el clima siempre anuncian cambios en la vida.