Era una primera edición del Principito, el libro favorito de Miguel, que su madre solía leerle antes de dormir. ¿Cómo sabías? Miguel había preguntado con asombro. Tu papá me dijo que era tu libro favorito. He estado buscando esta edición por semanas. Pensé que tal vez te gustaría. Se llevaron bien inmediatamente. Patricia no trataba a Miguel como si fuera frágil o roto. Lo trataba como al joven inteligente y capaz que era. Hablaban de libros, de películas, de música. Patricia tenía un sentido del humor seco que hacía reír a Miguel.
Y lo más importante, nunca intentó reemplazar a Elena, nunca trató de ser su madre, solo intentaba ser su amiga. 6 meses después, Ricardo le propuso matrimonio a Patricia, pero antes de hacerlo, antes incluso de comprar el anillo, le preguntó a Miguel si estaba bien, porque su opinión era lo más importante. Miguel había sonreído. Esa sonrisa que ahora venía más fácil, más frecuente. Cásate con ella, papá. Me gusta. Y creo que a mamá también le habría gustado. La boda fue pequeña, íntima, solo familia cercana y amigos.
Miguel fue el padrino empujándose en su silla de ruedas al lado de su padre en el altar, sosteniendo los anillos. Cuando Patricia prometió amar y cuidar a Ricardo y a Miguel, cuando prometió ser una presencia positiva en sus vidas, cuando prometió nunca intentar reemplazar a Elena, pero honrar su memoria, había lágrimas en los ojos de todos. Y cuando Miguel le dio un abrazo después de la ceremonia, cuando susurró, “Gracias por hacer feliz a mi papá, Patricia lloró tr años después del arresto de Valeria.
Miguel cumplió 15 años. La familia organizó una fiesta en el jardín de la casa en San Ángel. Había globos, música, una mesa llena de comida preparada por Doña Lupe. Los amigos de Miguel de su nueva escuela vinieron. Otros chicos y chicas con varias discapacidades que habían formado un grupo unido de apoyo. Ricardo observaba a su hijo riendo, jugando, siendo un adolescente normal. y apenas podía creer la transformación. Este no era el niño pálido y aterrorizado que había encontrado en el sótano.
Este era un joven fuerte, resiliente, lleno de vida. Patricia se acercó a Ricardo y tomó su mano. ¿En qué piensas?, le preguntó. En lo lejos que hemos llegado, en lo cerca que estuvimos de perderlo, en lo agradecido que estoy de haberlo encontrado esa noche, salvaste a tu hijo. Patricia dijo suavemente, lo rescataste. Llegué tarde. Ricardo respondió. Debía haberme dado cuenta antes. Debía haber visto las señales. Te diste cuenta cuando importaba. Eso es lo que cuenta. Esa noche después de que todos los invitados se fueron, después de que Miguel se fue a dormir exhausto pero feliz, Ricardo se sentó en su estudio y abrió su computadora.
Había estado considerando esto durante meses, discutiéndolo con Patricia, con su terapeuta, con Miguel. Ahora sentía que era el momento correcto. Creó un documento nuevo y comenzó a escribir. El documento se convirtió en un plan. El plan se convirtió en una fundación. La fundación Elena Salazar, nombrada en honor a su primera esposa, tendría como misión ayudar a niños con discapacidades que estaban en situaciones de abuso o negligencia. proporcionarían recursos legales, terapia, atención médica, todo gratis. Trabajarían con servicios sociales para identificar casos de riesgo.
Entrenarían a maestros y profesionales médicos para reconocer señales de abuso y crearían refugios seguros donde niños como Miguel pudieran estar protegidos mientras sus casos se resolvían. Ricardo comprometió 10 millones de pesos de su propia fortuna como fondo inicial. Contactó a amigos empresarios, a contactos en el gobierno, a organizaciones sin fines de lucro. En 6 meses la fundación estaba operativa. En un año habían ayudado a 50 niños. En 2 años ese número había crecido a 200. Miguel se involucró también.