A pesar de su juventud, se convirtió en portavoz de la fundación, dando charlas en escuelas sobre su experiencia, sobre cómo sobrevivió, sobre la importancia de hablar cuando algo está mal. Su valentía inspiró a otros niños a dar un paso adelante, a contar sus propias historias de abuso. Algunos de ellos fueron salvados gracias a que Miguel tuvo el coraje de compartir su verdad. En la prisión, Valeria pasaba sus días en aislamiento por su propia seguridad. Los otros prisioneros habían escuchado sobre su crimen.
Había una jerarquía en prisión y los que lastimaban a niños estaban en el escalón más bajo. Había sido atacada dos veces durante el primer año, una vez con tanta severidad que pasó dos semanas en la enfermería de la prisión. Después de eso, las autoridades la pusieron en confinamiento solitario, 22 horas al día en una celda pequeña, una hora para ejercicio en un patio rodeado de muros altos, otra hora para ducharse. No tenía contacto con otros prisioneros, solo veía guardias.
Su abogado había intentado apelar la sentencia tres veces. Todas las apelaciones fueron denegadas. intentó contactar a Ricardo enviándole cartas que él quemaba sin leer. Intentó contactar a Miguel a través de su abogado, pero los abogados de Ricardo obtuvieron una orden de restricción que le prohibía cualquier comunicación con el niño. 10 años después del arresto, Valeria solicitó una revisión de su sentencia. Había modelo prisionera, decían sus abogados. Había participado en programas de rehabilitación, había mostrado remordimiento. Ricardo contrató a su propio equipo legal para pelear contra la revisión.
Trajeron a Miguel, ahora de 22 años, un joven universitario estudiando psicología para poder ayudar a otros niños traumatizados para que testificara en la audiencia. Miguel, que ahora podía caminar distancias cortas con ayuda de un bastón gracias a años de terapia intensiva, entró a esa sala de audiencias con la cabeza en alto. Cuando le tocó hablar, cuando el juez le preguntó su opinión sobre si Valeria merecía una reducción de sentencia, Miguel fue claro. Ella me torturó, dijo. No solo físicamente, sino psicológicamente.
Me hizo creer que no valía nada, que sería mejor si estuviera muerto. Pasé años en terapia tratando de deshacer el daño que hizo. Y aunque he sanado mucho, aunque tengo una vida buena ahora, las cicatrices nunca van a desaparecer completamente. Hay noches cuando todavía tengo pesadillas. Hay momentos cuando alguien cierra una puerta bruscamente y me paralizo porque me recuerda a cuando me encerraba en el sótano. Si ustedes dejan que salga ahora después de solo 10 años, están enviando un mensaje de que lo que hizo no fue tan malo, que torturar a un niño discapacitado no merece consecuencias reales.
Yo no quiero venganza. Hace mucho perdoné a Valeria, no por ella, sino por mí mismo, por mi propia paz mental. Pero el perdón no significa que no debería haber consecuencias, significa que yo elegí dejar ir el odio. No significa que ella deba ser liberada. La revisión fue denegada. Valeria cumpliría su sentencia completa 30 años. Saldría cuando tuviera 75 años, si es que vivía tanto tiempo. Cuando Miguel salió de esa audiencia, Patricia y Ricardo lo esperaban afuera. Lo abrazaron los tres juntos, una familia que había sido destrozada, pero se había reconstruido más fuerte.
¿Estás bien? Patricia preguntó. Estoy bien, Miguel respondió. Fue difícil volver a verla, incluso detrás del vidrio, pero necesitaba hacerlo. Necesitaba cerrar ese capítulo completamente. Años más tarde, cuando Miguel tenía 28 años, se graduó con maestría en psicología clínica especializada en trauma infantil. Su tesis fue sobre la recuperación de abuso por parte de cuidadores, específicamente madrastras y padrastros. Fue publicada en revistas académicas, citada en estudios, usada como base para nuevos protocolos de tratamiento. Comenzó a trabajar en la Fundación Elena Salazar a tiempo completo, no solo como portavoz, sino como terapeuta, tratando directamente con niños que habían pasado por experiencias similares a la suya.