Julian sonrió levemente, apreciando su prudencia.
“Mi madre vive en una casa grande cerca del mar”, explicó, “y necesita a alguien que pueda comunicarse con ella a diario, hacerle compañía y ayudarla a sentirse integrada en el mundo”.
Carmen asentía con entusiasmo mientras observaba cómo se traducía cada palabra.
“Además”, continuó Julian, “quiero crear un programa dentro de mis hoteles para que los empleados puedan aprender el lenguaje de señas”.
Elena levantó la vista sorprendida.
—¿En todos sus hoteles?
Julian asintió.
—Tengo treinta y dos en diferentes ciudades.
La noticia dejó a Elena completamente atónita.
Porque de repente esa conversación dejó de ser solo una oportunidad personal.
Era algo mucho más grande.
Carmen comenzó a mover las manos rápidamente de nuevo.
Elena tradujo con una sonrisa de emoción.
—Dice que muchas personas sordas podrían sentirse bienvenidas en lugares donde antes se sentían invisibles.
Julian miró a Elena con expresión seria.
—Y tú podrías ayudarnos a que esto suceda.
En ese momento, varios clientes cercanos dejaron de fingir que no oían.
La historia que se desarrollaba en esa mesa comenzaba a captar la atención silenciosa de todo el restaurante.
La señora Herrera se dirigió hacia la mesa con una sonrisa forzada.
—Señor Valdés —dijo con cortesía forzada—, espero que todo sea de su agrado.
Julian levantó la vista.
—Sí, todo es perfecto.
La mujer miró brevemente a Elena.
—Me alegra oír eso.
Pero su tono no transmitía alegría.