-Pueblo
“Se rinden demasiado pronto”, dijo con suavidad, “cuando lo único que realmente necesitan es paciencia”.
Carmen sonrió al ver cómo sus manos se movían con tanta naturalidad.
Luego volvió a hablar en lenguaje de señas.
Elena tradujo.
—Dice que tu hermana debe estar muy orgullosa de ti.
Elena sintió que sus ojos se humedecían ligeramente.
—En realidad, soy yo quien está orgulloso de ella.
Julian observaba cada gesto con creciente interés, como si viera abrirse una puerta a un mundo que hasta ese momento había permanecido completamente cerrado para él.
—¿Tu hermana vive contigo? —preguntó.
Elena asintió.
—Sí, desde que murieron nuestros padres.
La sinceridad de su respuesta hizo que Carmen frunciera el ceño con tristeza.
La mujer volvió a tomar la mano de Elena.
Sus manos comenzaron a moverse con una ternura casi maternal.
Elena miró el mensaje y luego a Julian antes de traducirlo.
—Dice que las hermanas que se cuidan así son un regalo muy raro en este mundo.
Julian apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos, como si estuviera tomando una decisión importante.
—Elena —dijo finalmente—, lo que te propuse hace unos minutos sigue en pie.
La joven bajó la mirada hacia la carpeta de la cuenta.
Por un momento pensó en Sofía.
Pensó en las largas noches de trabajo.
Pensó en los uniformes desgastados y en los insultos de la señora Herrera.
Y pensó en los sueños artísticos de su hermana.
—¿En qué consistiría exactamente ese trabajo? —preguntó con cautela.