Una anciana pasó todo el verano y el otoño clavando estacas de madera afiladas en su tejado. Los vecinos estaban convencidos de que había perdido la cordura… hasta que finalmente llegó el invierno.

No faltaba ni una sola tabla.

Las estacas de madera habían soportado toda la fuerza del viento, reduciendo su potencia y redirigiéndolo hacia arriba. Mientras la tormenta arrasaba con todo a su alrededor, su techo se mantenía firme.

Solo después salió a la luz la verdad.

La mujer no había actuado por locura ni por miedo. El invierno anterior, una fuerte tormenta de viento casi había destruido su casa. Su marido aún vivía entonces. Le había hablado de una antigua técnica de defensa contra tormentas que se usaba en la zona, algo que la gente había olvidado hacía mucho tiempo.

Ella recordó sus palabras.

Ella siguió sus instrucciones.

Y solo entonces los aldeanos comprendieron: nunca había habido nada raro en ese tejado.