Lo que nadie vio fue el esmero que había detrás del trabajo.

Ella misma seleccionó cada pieza de madera, eligiendo solo estacas secas y resistentes. Afiló cada una con precisión. Las colocó lenta y metódicamente, asegurándose de que quedaran bien sujetas. Conocía el tejado a la perfección: cada punto débil, cada lugar que necesitaba refuerzo.
Finalmente, alguien reunió el valor suficiente para preguntarle directamente.
“¿Por qué haces esto? ¿Tienes miedo de algo?”
No parecía a la defensiva. No parecía confundida. Simplemente levantó la vista y respondió con calma:
“Esta es mi protección.”
“¿Protección de quién?”, preguntaron.
“Por lo que se avecina”, dijo.
No ofreció ninguna otra explicación.
Luego llegó el invierno, y todo quedó claro.
Primero nevó. Luego llegó el viento. Ráfagas violentas e implacables que doblaron los árboles y arrasaron el pueblo. La gente pasaba la noche en vela escuchando cómo crujían los tejados y se derrumbaban las vallas. Por la mañana, trozos de tejado yacían esparcidos por los patios.
Cuando finalmente pasó la tormenta, los vecinos salieron a evaluar los daños.
Muchas casas sufrieron graves daños. Los tejados quedaron parcialmente destruidos. Faltaban tablas.
Pero su casa permaneció intacta.