Un estudiante sin un céntimo prestó su viejo teléfono roto a un desconocido en una estación de autobuses, sin sospechar que esa llamada cambiaría su vida para siempre, ni que la mujer al otro lado de la línea era la dueña de la empresa para la que soñaba con trabajar.

Capítulo uno: La rutina.
Álvaro Morales tenía veintiún años y la vida ya le había enseñado que los sueños suelen ir de la mano de los bolsillos vacíos.
De día, estudiaba ingeniería en una concurrida universidad pública de Madrid. De noche, trabajaba en un pequeño café cerca de la estación de tren, sirviendo café a gente que nunca lo miraba a los ojos.

Vivía en una habitación alquilada, apenas lo suficientemente grande para una cama, un escritorio y una ventana rota que silbaba con el viento invernal. Su comida consistía en fideos instantáneos, un teléfono —un recuerdo con la pantalla rota— y una batería que se agotaba más rápido de lo esperado.

Aun así, se obligaba a levantarse cada mañana. «Algún día», se decía a sí misma frente al espejo empañado, «todo esto tendrá sentido».

No tenía ni idea de que "un día" comenzaría esa misma tarde.

Capítulo dos: Un desconocido en la estación de tren.
Al salir del aula, sintió un frío insoportable. Le rugieron las tripas, pero lo ignoró. Tenía que llegar a la biblioteca antes de que empezara su turno de almuerzo.

La estación de autobuses estaba abarrotada: la gente corría, los vendedores gritaban y los pasajeros miraban fijamente las pantallas iluminadas de sus teléfonos.

Entonces la vio.

Una joven estaba de pie cerca de los bancos. Llevaba un elegante abrigo y sus tacones resonaban nerviosamente en la acera. Su cabello estaba recogido con esmero, pero un destello de pánico cruzó por sus ojos.

Ella lo miró y corrió hacia él.

—Lo siento —dijo con voz temblorosa—. Perdí mi teléfono. Tengo una llamada urgente. ¿Podría usar el suyo?

 

Álvaro vaciló. Su abrigo probablemente costaba más que el alquiler de un mes. La gente como ella no suele hablar con gente como él.

Sin embargo, había algo sincero en su voz, una desesperación que no se podía fingir.

Desbloqueó su viejo teléfono y se lo entregó. "Vamos", dijo simplemente.

Ella sonrió levemente. "Gracias. No tienes idea de lo mucho que esto significa para mí."

Dio un paso atrás y marcó rápidamente el número. Álvaro vio fragmentos de información: un accidente, alguien en el hospital, un conductor que no había aparecido… Su tono cambió y rompió a llorar en silencio.

Cuando él le devolvió el teléfono, ella lo miró con gratitud. "Me has ayudado más de lo que te imaginas", susurró.

Y desapareció entre la multitud antes de que él pudiera preguntarle su nombre.

Capítulo tres: Llamada perdida.
Esa noche, el turno de Álvaro en el bar fue una pesadilla. Derramó leche, se quemó con la cafetera y su jefe lo reprendió dos veces.
Cuando se fue el último cliente, se desplomó exhausto detrás del mostrador.

Su teléfono vibró. Número desconocido.

Frunció el ceño y respondió.

"¿Rostro?"

CONTINUAR HACIA EL

 

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