Pero Lorraine desvió la mirada sin reconocerla.
El chico al que había echado ese mismo día ya no existía.
Las palabras de la novia
Todo transcurrió sin problemas hasta el momento en que comenzaron los brindis de la boda.
La novia, Amelia Ashcroft, se levantó lentamente de su asiento y aceptó el micrófono que le ofreció la organizadora del evento. Su vestido resplandecía bajo las luces de la araña, pero su expresión denotaba una tristeza silenciosa que parecía fuera de lugar en medio de la celebración.
Los invitados guardaron silencio.
—Mamá —comenzó Amelia en voz baja, su voz resonando por toda la habitación—, hoy me diste la boda que siempre soñaste para mí. El lugar perfecto, el vestido perfecto y la pareja perfecta que, según tú, aseguraría la reputación de nuestra familia para siempre.
Lorraine sonrió con orgullo.
Pero la novia continuó.
“De pequeña, a menudo me decías que el éxito se medía por el dinero y las apariencias, y que mostrar vulnerabilidad era un signo de debilidad. Durante muchos años creí que esa era la única manera de vivir.”
Una leve tensión recorría la multitud.
«Sin embargo, cuando tenía doce años, conocí a alguien que me mostró una forma completamente diferente de ver el mundo», dijo Amelia con la voz ligeramente temblorosa. «Era un profesor de piano que me daba clases incluso cuando me negaba a pagarlas, porque creía que la música debía pertenecer a cualquiera que la amara».
Las manos de Adrian se quedaron inmóviles sobre las teclas.