—Dijiste que te irías después de tocar una canción —dijo—. ¿Qué te parece si tocas toda la noche?
Adrian lo miró con incredulidad.
—No necesito dinero —respondió en voz baja—. Solo comida… y un lugar seguro donde dormir esta noche.
Víctor sonrió.
“Entonces tenemos un trato.”
La boda del año
A las siete de la tarde, el salón de baile del Ashcroft Grand Resort se había transformado en un deslumbrante escaparate de riqueza e influencia. Senadores, inversores y celebridades llenaban las mesas redondas rodeadas de elaborados arreglos florales, mientras los camareros se movían con elegancia entre la multitud portando bandejas con copas de cristal.
Adrian, recién duchado y vestido con un traje negro prestado que le quedaba sorprendentemente bien, se sentó al piano cerca del centro de la habitación.
Mantuvo la mirada baja mientras ponía música suave de fondo a la llegada de los invitados.
Durante la mayor parte de la velada, nadie prestó especial atención al pianista, lo cual le venía de maravilla.
Sin embargo, durante la cena, su mirada se dirigió brevemente hacia la mesa principal, donde Lorraine Ashcroft estaba sentada junto a su hija, la novia.
Por una fracción de segundo, sus miradas casi se cruzaron.