"Eso es bueno. Ahora estoy convencida.
Mira entró en pánico".
Justo cuando iba a preguntar, Ajay fue a la pequeña maleta con ruedas que había traído consigo, pulsó el código de acceso y la abrió.
Y los ojos de Meera estaban bien abiertos.
Lo que había dentro… No se parecía a ninguna pertenencia personal.
Los dedos de Meera estaban enredados en la correa del bolso. La tenue luz de la habitación del hotel le molestaba los ojos, o tal vez no era la luz, sino el miedo que crecía en su interior y se hacía más intenso a cada segundo. Se sentó al borde de la silla, tratando de mantener la espalda recta, como si su corazón se calmara si su cuerpo se mostraba fuerte. Ajay estaba solo unos pasos de él. Cerca, pero fuera de su alcance.
“Señor… todavía soy virgen…”
Dijo las palabras muy despacio, para que si subía el volumen, todos en la habitación lo oyeran.
“Nunca… Con un hombre… No hice nada.”
Él alzó la vista. Ella esperaba que Ajay sonriera, tal vez la consolara, le dijera que no había nada que temer. Pero en el rostro de Ajay había algo más. Ni sorpresa, ni entusiasmo, ni la tranquilidad que Mira había imaginado. Simplemente la miraba. Con mucha atención. Como un médico que lee un informe, o un investigador que descubre una mentira en una declaración.
A Meera se le secó la garganta.
“Tú… ¿Por qué tienes esta cara?”
Ajay tardó en responder. Luego dijo con voz muy tranquila:
«Bien. Ahora estoy bastante seguro».
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Meera.
"¿Qué ocurre...? ¿Seguro?"
Sin decir palabra, Ajay se dio la vuelta y se dirigió a la pequeña maleta con ruedas que guardaba en un rincón de la habitación. Meera la examinó detenidamente por primera vez. Era muy sencillo. Sin marca, sin brillos. Ajay introdujo el código, abrió la maleta… Y los ojos de Meera se abrieron de par en par.
No había ropa dentro.
No había pertenencias personales dentro.
Había pequeños electrodomésticos dentro. Como una cámara, como una grabadora, con cables y chips. Todo muy organizado, muy profesional.
“Esto… ¿Qué es esto?” La voz de Meera temblaba.
Ajay cerró la bolsa, se dio la vuelta y lo miró.
—Mira, nunca te mentí. Simplemente nunca me lo preguntaste.
“¿Quién eres?”
Esta pregunta era ahora más necesaria que el miedo.
Ajay acercó la silla y se sentó frente a ella, pero a una distancia tal que Meera no se sintió incómoda.
«La unidad en la que trabajo no es visible para el público. Mi trabajo se realiza en lugares donde la ley llega tarde».
En los ojos de Meera había preguntas, sus labios estaban entreabiertos, pero no salía ningún sonido.
“Durante los últimos seis meses”, continuó Ajay, “te estuvieron vigilando. Ni siquiera te dabas cuenta, pero había alguien que te había elegido”.
El rostro de Meera palideció.
"¿Un... quién?"
Ajay sacó una carpeta de su bolso y la puso sobre la mesa. Dentro había fotos. Borrosas, como las de una cámara de seguridad. Un estacionamiento. Un hombre. El mismo lugar donde Meera solía salir de la oficina a altas horas de la noche.
Mira se tapó la boca con la mano.
“Esto… Esta es mi oficina…”
—Sí —dijo Ajay—, y a este hombre lo has visto muchas veces cerca de ti. Él elige a la gente que guarda silencio, que duda de sí misma, que no puede hablar por miedo.
Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Meera.