—No, mi amor —dijo ella, besándole la frente—. La verdad no me salvó. Me salvaste al atreverte a decirla. Es diferente.
Salomé pensó por un momento.
Entonces asintió con la cabeza como si comprendiera algo importante y antiguo.
Y tal vez lo entendió.
Porque, al final, lo que cambió el destino de Ramira para siempre no fue solo que una niña recordara un reloj con forma de serpiente.
Fue así como, en un mundo lleno de adultos dispuestos a silenciar, complacer, suavizar o enterrar lo que resultaba incómodo, una niña de ocho años eligió susurrar la verdad justo a tiempo.