Hubo días buenos.
Hubo días insoportables.
Había días en que Salomé no la soltaba, ni siquiera para ir al baño.
Y otros en que se encerraba en su habitación a llorar porque no sabía si podría seguir llamando a su madre sin que alguien se la llevara otra vez.
Ramira también tenía noches de temblores.
Pesadillas con barrotes, con botas, con pasos que venían a por ella.
Pero ya no estaba sola en su interior.
Una tarde, meses después de recuperar su libertad, Salomé se inclinó de nuevo hacia su madre, esta vez en la cocina de la pequeña casa que alquilaban. Ramira estaba amasando tortillas. La niña se acercó y le susurró al oído, igual que aquel día en prisión:
—Te dije la verdad y te salvé.
Ramira dejó la masa, se secó las manos con el delantal y la llevó consigo.