A los 60 años, me volví a casar con mi primer amor: en nuestra noche de bodas, mientras desvestía a mi esposa, de repente retrocedí conmocionado y sentí una punzada de tristeza al ver…

Sonreí.

Afuera se oían los sonidos de la mañana: un vendedor de pan que pasaba por la calle, un perro ladrando, el ruido lejano de un autobús.

Fue un día completamente normal.

Pero para mí…

Fue el comienzo de una nueva vida.

No es la vida apasionada de los veinteañeros.

No es la vida ajetreada de los cuarenta.

Pero una vida tranquila.

Una vida en la que cada mañana hubiera alguien a mi lado.

Alguien con quien compartir un café.

Alguien podría preguntar:

¿Dormiste bien?

Volví a mirar a Manuel.

Y pensé algo que jamás imaginé que pensaría a los sesenta años.