—¿Papá? —murmuró, con los ojos entrecerrados.
“¿Sí, nena?”
—¿Todavía te gusta el cielo? —preguntó con voz adormilada. La pregunta fue suave, pero le llegó al alma, removiendo esa parte oculta que había intentado no tocar durante ocho años.
Marcus miró por la ventana, donde las estrellas pinchaban la noche como pequeñas promesas.
—Sí —dijo con suavidad—. Siempre lo he hecho.
Zoey frunció el ceño, soñolienta pero seria. "Pero te gusto más".
Marcus sonrió, con la garganta anudada.
—Siempre —susurró—. Más grande que el cielo.
Los labios de Zoey se curvaron en una leve sonrisa de satisfacción. «Bien», dijo, como si confirmara la regla más importante del universo. Luego, su respiración se calmó de nuevo.
Marcus estaba sentado allí, pensando en las promesas.
Había creído que la promesa a Zoey significaba quedarse con los pies en la tierra. Negar la parte de sí mismo que una vez perteneció a las nubes. Pero ahora lo entendía. La promesa nunca había sido negar quién era. Había sido volver a casa. Había sido estar allí, elegirla a ella por encima del ego, a ella por encima de la adrenalina, a ella por encima de la seductora atracción de desaparecer en el aire.
Y esta noche, cuando el cielo le exigió algo de nuevo, no había roto su promesa.
Lo había guardado.
Porque había volado, no para abandonarla, sino para regresar a ella. Había afrontado la oscuridad, había luchado con una máquina averiada para llevarla hacia la luz y se había traído de vuelta al único lugar que importaba.
Marcus se inclinó y besó la frente de Zoey.
—Duerme bien, niña —murmuró—. Papá está en casa. Papá siempre volverá a casa.
Apagó la luz y entró en la sala de estar, donde su madre lo esperaba con los ojos cansados pero brillantes. Ella abrió los brazos sin decir palabra, y Marcus se dejó abrazar por un instante, no como un piloto ni un héroe, sino como un hijo que había sobrevivido.
Afuera, las estrellas seguían brillando, indiferentes y hermosas, las mismas estrellas que guían a los pilotos y a las que los niños piden deseos. Marcus permaneció junto a la ventana un largo rato, mirando hacia arriba, sintiendo cómo el antiguo amor por el cielo volvía a él como una pieza que faltaba y que finalmente encajaba en su lugar.
No como vía de escape.
Ya no tenía que enterrar una parte de él.
Luego sonrió levemente, apartó la mirada del vaso y fue a reunirse con su familia.
EL FIN