En el bolsillo de su chaqueta guardaba la medalla de bronce que una vez perteneció a su padre.
Cuando subió al escenario y se sentó al piano de cola bajo los focos, sintió la misma tranquila certeza que había guiado sus manos todos esos años atrás en su pequeño apartamento.
La primera nota resonó con claridad en todo el teatro.
Y en ese momento Adrian comprendió algo que su padre siempre había sabido.
La verdadera belleza, una vez que se le da voz, no puede borrarse.