"Roberto, han pasado años", decía mi mejor amigo Jorge entre cervezas. "No puedes seguir viviendo así. Esa mujer ya no es tu responsabilidad".
"No se trata de ella", respondía siempre. "Se trata de Marina".
No me di cuenta entonces de que el dolor, cuando no se lo toca durante mucho tiempo, termina invitando a la verdad a destruirlo.
Todo cambió un martes sin incidentes.
El banco me contactó, no con un extracto, sino con un problema. La sucursal local de Doña Clara había cerrado y necesitaban información actualizada para seguir procesando transferencias. Intenté llamar a su teléfono fijo. Se cortó la llamada. Intenté con el celular que le había comprado. Directo al buzón de voz.
Una extraña sensación se apoderó de mi pecho; no era pánico, sino algo más frío. Una silenciosa advertencia.
Me di cuenta de que no había hablado con ella en meses. Solo breves mensajes de agradecimiento.
Revisé mi calendario. Tenía días de vacaciones sin usar. Las llaves del coche estaban sobre la mesa.
"¿Por qué no?", pensé. "Iré a verla. Arreglaré el asunto del banco en persona. Me aseguraré de que esté bien. Quizás incluso visite los lugares donde Marina creció. Quizás eso me ayude a soltarla por fin".
No tenía idea de que me estaba dirigiendo hacia una verdad que destrozaría todo lo que creía.
El camino era largo y vacío. A medida que pasaban los kilómetros, los recuerdos se repetían en mi mente: la risa de Marina, cómo ladeaba la cabeza al escuchar música, el ligero aroma a vainilla en su cabello. Lloré en silencio, como solo lo hacía cuando estaba sola.
Llegué al pueblo al anochecer. Tenía ese encanto olvidado por el tiempo: calles adoquinadas, casas coloridas y una inconfundible sensación de decadencia bajo la belleza. No había estado allí desde el funeral.
Me dirigí hasta la calle Las Flores, número 42.
Y se detuvo.
La casa no era lo que recordaba.