Lo sostuvo durante un largo rato.
Luego, en voz baja, le susurró una disculpa a su abuela.
Solo necesitaba un poco de tiempo.
La casa de empeños
La tienda era exactamente como la imaginaba: tranquila, desgastada, llena de objetos con historias que nadie preguntaba.
Sonó una campanilla al entrar.
Se acercó al mostrador, dejó el collar y explicó que necesitaba venderlo, lo justo para pagar el alquiler y llegar a fin de mes.
El hombre que atendía lo miró.
Y entonces todo cambió.
Se le fue el color de la cara.
—¿Qué es eso? —preguntó, sintiendo un nudo en el estómago—. ¿Es falso?
Negó con la cabeza lentamente.
—No —dijo—. Es muy real.
Luego le preguntó dónde lo había conseguido.
—Mi abuela —respondió Cara—. Lo tengo desde hace más de veinte años.
“¿Cómo se llamaba?”
“Merinda.”
El hombre se agarró al borde del mostrador como si necesitara mantener el equilibrio.
—Deberías sentarte —dijo.
Entonces cogió el teléfono.
La llamada
Cara solo escuchó parte de la conversación.
—Lo tengo —dijo—. El collar… y ella está aquí.
Un escalofrío la recorrió.
—¿A quién llamas? —preguntó ella.
La miró de una manera que ella jamás olvidaría.
“Alguien que te ha estado buscando durante veinte años.”
Antes de que pudiera responder, se abrió una puerta en la parte de atrás.