Lo pensé.
—No —dije—. Simplemente sabía que no iba a permitir que todos ustedes me echaran de una casa que yo pagué.
Ella asintió una vez, como suele hacer la gente cuando la verdad llega demasiado tarde para cambiar nada.
Luego se subió al coche de Trevor y se marcharon.
Me quedé allí un momento más, con las llaves en la mano, sintiendo no triunfo sino alivio.
Porque la verdadera sorpresa aquella mañana no fue que Diane me preguntara por qué seguía allí.
Era que ella realmente creía que yo no tenía derecho a existir.